De cómo un dramaturgo del siglo XVI hackeó una lengua germánica a sombrerazos y por qué tú usas sus palabras todos los días sin pedir permiso.

Dicen que la necesidad es la madre de todas las invenciones. Pero en el mundo del lenguaje, la verdadera madre del invento no es la necesidad: es la desfachatez. Y si alguien tuvo la desfachatez suficiente para agarrar un idioma a medio construir, sacudirlo de los tobillos y sacarle más de mil quinientas palabras nuevas del bolsillo, ese fue William Shakespeare.
Piensa en esto por un segundo. Corría el año de 1590 en Londres. La peste bubónica cerraba teatros a cada rato, el drenaje público era un mito urbano, y el idioma inglés era una lengua tosca, pesada, llena de monosílabos germánicos que servían muy bien para pedir una cerveza o mandar acuchillar a un primo, pero que se quedaban cortísimos cuando querías explicar la melancolía, el despecho o la ambición desmedida.
Shakespeare tenía un problema operativo serio: tenía que llenar el teatro Globe tres tardes a la semana con un público hambriento de drama, pleito y pasión, y las palabras existentes simplemente no le alcanzaban. ¿Qué hace un ingeniero de procesos cuando la herramienta de catálogo no le sirve para la máquina? No se sienta a llorar. La fabrica él mismo en el taller.
WOW.MX – Matando El Tiempo Profesionalmente! Entretenimiento, Sci-Fi, LoopHoles, Reseñas, Literatura, Salud, Tecnologia, Ocio, Picdumps, Videos, Nostalgia, Ciencia Ficción, Bizarro, Extraño, Locuras, Comics, VideoJuegos, Juegos, Enigmas, Mente, Psicología, Gamers, Paradojas, Ciencia, Misterios, Sobrenatural



