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Mi cerebro resolvió un problema que yo ya había abandonado. ¿Y el tuyo?

El cerebro que trabaja cuando tú ya te rendiste

Recuerdo muy bien cuando estudiaba para exámenes en primero de secundaria — porque realmente no recuerdo haber estudiado para exámenes en primaria. En esa época pensé que pensar en ciertos temas era cuestión de memorizar grandes o pequeñas secciones de libros. Pensar = Estudiar = Memorizar. Eso era para mí una gran tortura. Me frustraba subrayando para memorizar menos, y a pesar de eso, no lograba mejores notas. No me gustaba. De hecho, no me gusta aún memorizar.

Me ha pasado más de una vez — y apuesto que a ti también — que estás en la regadera, o manejando, o a punto de dormirte, y de la nada aparece la respuesta a algo que llevas días sin resolver. Sin aviso. Sin que hayas estado pensando en ello conscientemente. Simplemente ahí estaba, la respuesta o solución.


La primera vez que noté que algo pasaba

Fue en tercer semestre de preparatoria, en una exposición en clase. No recuerdo exactamente cuál, pero me tocó exponer sobre el sol, la tierra y la luna — rotación, traslación, esas cosas. Recuerdo muy bien estar en mi casa el día anterior, sentado en un escritorio de melamina estilo madera, subrayando para encontrar la menor cantidad de texto que memorizar. Leyendo, recitando, leyendo unas cuantas palabras más, repitiendo lo primero más lo nuevo, y así hasta aprenderme más o menos bien todo.

Para afianzarlo, me salía al jardín a caminar una o dos horas, solo caminando y recitando de memoria, y cuando no recordaba algo volvía a leerlo y lo repetía de nuevo.

En clase, al pasar al frente, sucedió algo inesperado. Empecé a exponer recitando mi parte del tema y antes de terminar, el profesor me interrumpió. Hizo varias preguntas que obviamente no salían del texto memorizado. Y le di respuestas que no recordaba haber memorizado ni estudiado, pero que se podían suponer si realmente lo hubiera procesado mi cerebro.

Ahí supe que algo pasó. ¿Qué? No sabía. Pero algo cambió.

Así pasaron más eventos similares, y cada vez me sorprendía a mí mismo. Empecé mis primeros tres semestres con bajas calificaciones y materias reprobadas, y en el último semestre rondaba promedio de 9 (presumiendo). Después de ese tercer semestre ya no memorizaba — abstraía la información, la procesaba y asimilaba, dejando las palabras de lado y quedándome con lo que es.


Pero lo más sorprendente estaba por venir

Lo recuerdo perfectamente como si sucediera en este preciso momento.

En los 90’s tenía un problema técnico en mi negocio de internet — el BBS. Necesitaba hacer algo que en la ciudad de Chihuahua no se había hecho. Los expertos en sistemas, en protocolos de red, en módems, en internet satelital — que sí había en esos años, no es nuevo, lo manejaba DirectTV con antena para recibir y la salida era vía módem por teléfono — nadie tenía la solución.

Para no abundar mucho: era algo en lo que pensé días enteros. Una semana completa. Conscientemente hacía pruebas, error, error, error, y siempre fallaba. Un día decidí que era imposible. Me fui a dormir.

Al despertar, tenía la solución. Al menos en mi mente.

Subí a mi cuarto de sistemas, escribí el diagrama, los protocolos, la forma de hacerlo, lo puse a prueba, y funcionó.

Ahí supe. Mi cerebro hizo el trabajo de manera inconsciente para mí. Primero debía intentar conscientemente resolver un problema, y si no podía, entonces dejarlo — hasta que mi cerebro, súbitamente, como una explosión inesperada, me diera la solución.

Nunca lo atribuí a la casualidad. Nunca pensé que fue un momento de inspiración. Siempre supe que era mi proceso mental. Solo que nunca lo nombré, nunca lo investigué.

Hasta hoy.


Resulta que tiene nombre

Y te lo voy a decir de una forma que ni te imaginas.

Lo que yo viví en esa prepa, lo que resolví en el BBS, lo que te pasa a ti en la regadera — tiene nombre técnico: procesamiento paralelo no consciente. O en términos más comunes, pensamiento incubado.

Henri Poincaré, matemático francés de finales del siglo XIX, describió algo casi idéntico. Después de días atascado en un problema matemático, la solución se le presentó completa en el momento en que subía a un autobús. No estaba trabajando. No estaba pensando en ello. Y ahí estaba la respuesta, entera.

Él intuyó que la mente no cierra el negocio aunque el dueño se haya ido a cenar. Décadas después, la ciencia le puso nombre a eso.


¿Qué está pasando exactamente?

Tu cerebro no procesa las cosas en fila, una tras otra, esperando turno. Trabaja en paralelo, en capas, y la mayor parte de ese trabajo ocurre debajo de lo que llamamos pensamiento consciente.

Cuando te atascas en algo y lo dejas, no lo abandonas realmente. Lo dejas en manos de esa otra parte que trabaja sin que tú estés mirando. Sin el ruido, sin la presión de tener razón, sin el ego que insiste en que la solución tiene que llegar de cierta forma. Y esa parte — más libre, menos vigilada — encuentra caminos que la mente racional bloqueaba con su propio peso.

Lo paradójico es esto: el esfuerzo consciente sostenido a veces es el obstáculo. Concentrarte mucho en una forma de ver el problema le cierra la puerta a las demás. La incubación funciona porque relaja esa vigilancia. El problema sigue flotando en el sistema, pero sin el guardián racional que descarta las conexiones “poco serias”.

Y es justamente en esas conexiones donde suele vivir la solución.


Lo que yo sé ahora

Pasé años sabiendo que mi cerebro me ayudaba cuando conscientemente yo ya no podía. No era magia. No era suerte. Era un proceso real, documentado, que algunas mentes tienen más desarrollado que otras.

Lo curioso es que nadie me lo enseñó. Lo descubrí solo, en un jardín caminando y recitando, en una clase de prepa, en un cuarto de sistemas a las que serían las primeras horas del día.

Hoy tiene nombre. Y eso, de alguna forma, lo hace todavía más interesante.

¿A ti también te pasa? ¿En qué momento del día tu cerebro te sorprende más?

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