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El bardo que nos enseñó a decir palabrotas (y a inventar el inglés moderno)

De cómo un dramaturgo del siglo XVI hackeó una lengua germánica a sombrerazos y por qué tú usas sus palabras todos los días sin pedir permiso.

Dicen que la necesidad es la madre de todas las invenciones. Pero en el mundo del lenguaje, la verdadera madre del invento no es la necesidad: es la desfachatez. Y si alguien tuvo la desfachatez suficiente para agarrar un idioma a medio construir, sacudirlo de los tobillos y sacarle más de mil quinientas palabras nuevas del bolsillo, ese fue William Shakespeare.

Piensa en esto por un segundo. Corría el año de 1590 en Londres. La peste bubónica cerraba teatros a cada rato, el drenaje público era un mito urbano, y el idioma inglés era una lengua tosca, pesada, llena de monosílabos germánicos que servían muy bien para pedir una cerveza o mandar acuchillar a un primo, pero que se quedaban cortísimos cuando querías explicar la melancolía, el despecho o la ambición desmedida.

Shakespeare tenía un problema operativo serio: tenía que llenar el teatro Globe tres tardes a la semana con un público hambriento de drama, pleito y pasión, y las palabras existentes simplemente no le alcanzaban. ¿Qué hace un ingeniero de procesos cuando la herramienta de catálogo no le sirve para la máquina? No se sienta a llorar. La fabrica él mismo en el taller.

  1. El arte de inventar lo que no existe (Vocabulario de la nada)

A lo largo de veintiún años dirigiendo personas y viendo operaciones de todo tipo, me he topado con profesionales que cuando no encuentran el término técnico exacto, inventan un spanglish infame para salir del paso. Shakespeare hizo exactamente lo mismo, pero con la elegancia de quien viste ropa de gala para ir a un taller mecánico.

Cuando Shakespeare no encontraba la palabra para describir una emoción o una situación, no buscaba un diccionario —entre otras cosas porque el primer diccionario formal del inglés no se publicaría sino hasta 1604—. Lo que hacía era agarrar sustantivos y volverlos verbos, juntar dos conceptos que nunca se habían saludado, o pegarle prefijos latinos a raíces anglosajonas sin pedirle permiso a ninguna academia.

Se calcula que acuñó o popularizó más de 1,700 palabras que hoy son la columna vertebral del inglés cotidiano. Si tú has dicho alguna de estas palabras en una junta de negocios, en una llamada en inglés o viendo una película, le debes regalías al Bardo¹:

  • Addiction (Adicción)
  • Manager (Gerente / Administrador)
  • Eyeball (Globo ocular)
  • Fashionable (A la moda)
  • Lonely (Solitario)
  • Uncomfortable (Incómodo)
  • Eventful (Lleno de acontecimientos)
  • Lackluster (Deslucido / Sin brillo)

Fíjate en la palabra Manager. Hoy se la ponemos a cualquier puesto en un organigrama corporativo para que suene importante. En la época de Shakespeare, la palabra venía del italiano maneggiare (manejar un caballo). William la agarró, la bajó del establo y la metió al teatro para describir a quien coordina y dirige a otros. Cuatro siglos después, seguimos usando su invento para nombrar a quien tiene que lidiar con los caballos desbocados de la oficina.

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  1. Hackeando la gramática: Verbos que eran sustantivos y viceversa

Lo que pocos te dicen en los cursos de inglés es que Shakespeare no solo inventó palabras: distorsionó la gramática existente para hacerla más ágil. Hizo con la estructura de la lengua lo mismo que un buen técnico hace con un flujo de trabajo cuando elimina burocracia inútil.

En el inglés de su tiempo, las reglas eran rígidas. Pero Shakespeare agarró los sustantivos y los transformó en verbos directos, llenos de acción musculosa:

  • “To elbow” (Codear): Antes de él, elbow era solo la articulación del brazo. Él la volvió verbo para describir la acción de abrirse paso a codazos entre la multitud.
  • “To friend” / “To unfriend” (Hacer amigo / Quitar amigo): Sí, leíste bien. Cuatrocientos años antes de que Mark Zuckerberg creara Facebook, Shakespeare ya usaba unfriend en su obra Twelfth Night para describir el acto de retirarle la amistad a alguien.
  • “To gossip” (Chismear): La palabra gossip originalmente nombraba a la madrina de bautizo o a una amiga cercana. Shakespeare la convirtió en el verbo que describe la noble y antigua práctica de llevar y traer rumores por los pasillos².

Cambiaba la función sintáctica de las palabras en caliente, a mitad de un verso, porque entendía algo fundamental del lenguaje que muchos lingüistas rígidos olvidan: el lenguaje no es un monumento de mármol que hay que cuidar del polvo; es una herramienta de trabajo que se afila usándola.

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  1. Refranes y frases hechas: El molde del pensamiento moderno

Hay una prueba ácida para medir el impacto real de un escritor: cuántas de sus frases han pasado a ser parte del habla común de gente que jamás en su vida ha leído un libro suyo.

Si alguna vez has dicho en inglés que alguien tiene un “heart of gold” (corazón de oro), o que algo fue una “wild goose chase” (una búsqueda inútil / carrera de locos), o que te quedaste “in a pickle” (en un aprieto), estás citando a Shakespeare palabra por palabra. Te aseguro que la mayoría de los angloparlantes nativos no tienen idea de que están repitiendo líneas de Otelo, Macbeth o El mercader de Venecia mientras piden un café de olla en el autoservicio.

Frases cotidianas que le robamos a sus obras:

  • “Break the ice” (Romper el hielo)La fierecilla domada
  • “Bated breath” (Con el aliento contenido)El mercader de Venecia
  • “Jealousy is the green-eyed monster” (El monstruo de ojos verdes)Otelo
  • “Wear my heart upon my sleeve” (Tener el corazón en la mano / expuesto)Otelo

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Lo que el Bardo me enseñó sobre la innovación (y sobre la vida)

Tardé muchos años —y bastantes tropezones en la gestión de personas y negocios— en entender por qué el aporte de Shakespeare al inglés fue tan devastadoramente exitoso. Y la razón no es académica; es profundamente humana.

Shakespeare no inventó palabras para presumir erudición. De hecho, los académicos formales de su época —los “eruditos de la universidad” como Robert Greene— lo despreciaban. Lo llamaban “un cuervo advenedizo embellecido con nuestras plumas”. Lo veían como un advenedizo sin título universitario formal que venía del pueblo de Stratford a meterse al terreno de los doctos.

Shakespeare tuvo éxito porque observaba a la gente. Escuchaba cómo hablaban los marineros en las tabernas del Támesis, los comerciantes en el mercado, los soldados en la calle. Tomaba esa materia prima tosca, la pasaba por el filtro de su instinto y le devolvía al público una lengua enriquecida, capaz de nombrar lo que antes solo se sentía como un nudo en la garganta.

El inglés moderno no es el resultado de un comité de sabios sentados en una mesa redonda redactando manuales. Es el resultado de un hombre de teatro que necesitaba nombrar la ambición de Macbeth, los celos de Otelo y la cobardía de Falstaff, y que no tuvo miedo de doblar las reglas gramaticales para lograrlo.

La próxima vez que en una junta en inglés digas que estás “uncomfortable” con una propuesta, o que necesitas un “manager” para un proyecto, acuérdate del Bardo de Stratford. No estás usando el idioma de la reina: estás usando el lenguaje de un tipo que sabía que cuando la realidad supera a las palabras existentes, la única opción digna es ponerse a inventar.

NOTAS AL PIE:

  1. El Bardo: Apodo honorífico dado a William Shakespeare (The Bard of Avon).
  1. Gossip (Chisme): Término que derivó del anglosajón god-sibling (pariente en Dios / padrino), que Shakespeare adaptó para el tráfico de rumores informales.

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